El taxista que me enseñó a vivir

Relatos

Taxistas. Esas personas que pasan desapercibidas a los ojos de todos. Aquellos que viven horas y horas sentados en sus coches llevándonos a donde queramos. Testigos de ejecutivos agobiados, jóvenes ajetreados, familias peleadas, familias unidas, de personas solas, de otras ocupadas, chicos perdidos en las pantallas de sus móviles, personas que miran las calles con pensamientos en las nubes…

– Ten mucho cuidado y cuando llegues a tu residencia me avisas, ¿vale?

– Claro, te envío un mensaje cuando esté en la habitación- le di un beso en su mejilla surcada de arrugas antes de meterme en el taxi con una sonrisa.

Cerré la puerta, saludé y dije la dirección de mi residencia mecánicamente y sin pensar, acostumbrada a hacer todo eso seguido.

En cuanto el taxista arrancó me di cuenta de que me escrutaba con la mirada. No era una mirada incómoda sino más bien curiosa y dubitativa, como cuando estás buscando algo y no sabes bien el qué.

Los caecis de Platón

Relatos

—Te lo advertimos, Juan -dijo Hugo con voz triste.

Juan entornó los ojos, tratando de discernir la expresión de su amigo.

—Ahora estás medio ciego.

—No lo entendéis. Encontré una llave que me liberó de las cadenas que nos aferran los tobillos y conseguí salir de esta cueva. Y, aunque no me creáis, insisto: ¡fuera hay un mundo maravilloso!

—¿Cuántas veces vamos a tener que repetírtelo, Juan? Estamos bien así. Esta cueva es nuestro hogar. Aquí los «superiores» nos proporcionan lo que necesitamos para vivir.