El disfraz

Relatos

El timbre de las once y media indicaba el fin del recreo. Todos los alumnos se encaminaron con paso cansado hacia sus respectivas clases, salvo Darío, que se escondió en un rincón apartado, detrás de la escuela, en donde le esperaban sus amigos.

El más alto y fornido, Rodri, le dio unas palmadas en la espalda felicitándole.

– Tío, menuda fiesta la de anoche ¿eh?…  Eres el amo.

Darío se rio.

-¿Acaso lo dudabais?- les dijo.