Los caecis de Platón

Relatos

—Te lo advertimos, Juan -dijo Hugo con voz triste.

Juan entornó los ojos, tratando de discernir la expresión de su amigo.

—Ahora estás medio ciego.

—No lo entendéis. Encontré una llave que me liberó de las cadenas que nos aferran los tobillos y conseguí salir de esta cueva. Y, aunque no me creáis, insisto: ¡fuera hay un mundo maravilloso!

—¿Cuántas veces vamos a tener que repetírtelo, Juan? Estamos bien así. Esta cueva es nuestro hogar. Aquí los «superiores» nos proporcionan lo que necesitamos para vivir.