4B

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Se me había olvidado lo mucho que echaba de menos escribir en este blog. Supongo que a veces es necesario tomarse un tiempo ¿no? para redescubrirse, para descansar, para seguir mejorando antes de volver a la rutina.

A pesar de que me ha llevado un cuatrimestre entero, por primera vez en mucho tiempo podría asegurar que no ha sido en vano. He estado cuatro meses en Nueva York, en la universidad con la que llevo soñando desde que empecé a estudiar. Pero, a pesar de que podría escribir decenas de relatos con todos los lugares, las historias y las personas que he ido encontrando en el camino, si voy a escribir sobre Nueva York, antes querría hacerlo del 4B.

A primera vista parece más bien poca cosa. Después del pasillo con luces amarillentas, el crujir de la madera del suelo y alguna telaraña en el techo, unas escaleras estrechas alfombradas como un motel de carretera te dan la bienvenida a la puerta puerta del 4B. Tras poner el código y empujar (la puerta se atranca un poco al principio), encuentras a tu izquierda con una cocina pequeña que da al baño, y un pasillo estrecho que a su vez lleva a las habitaciones y el salón.

Sé perfectamente que no suena bien, y que las ventanas parecen estar de decoración, pues dan a patios internos y la luz a veces escasea. Menos al despertar, porque en este país las persianas brillan por su ausencia. Que sí, que a lo mejor tienes que tener un poco de cuidado con lo que tocas, aunque el horno preferimos ni eso. Y mejor dejo la anécdota de la escalopendra de la primera semana.

Pero el 4B tenía algo. El piso 4B gritaba con las canciones de Hadestown, Hamilton, y cualquier musical por el que nos diera (también gritó los primeros días cuando no entendíamos como iba la ducha). Con una pizarra en la nevera, daba la bienvenida a los invitados, hacía porras en las elecciones, dedicaba una temática diferente a cada semana y era lienzo de todo lo que se nos ocurriera. Jeoffrey, la mascota del 4B, una jirafa hinchable, presidía la tele, aunque el fire stick le quitó bastante protagonismo. Cada pocas noches, el 4B desprendía olor a palomitas, pues se había hecho costumbre, casi como en un ritual, ver pelis de noche (desde Hermano Oso, MIB, el Grinch, Spy Kids, hasta la serie de HSM, pasando por alguna de Barbie), con los tres inquilinos en el pequeño sofá medio destrozado, a ver quién caía dormido primero. Sí, solía ser yo, ese sillón me adormece, y eso que las camas de las habitaciones eran más cómodas (queen size). Por eso, no siempre estábamos en el salón.

La habitación de Laura solía ser el cuartel general del piso, donde organizábamos los planes, íbamos cuando nos aburríamos, o cuando queríamos molestar a la pobre Laura para que no se durmiera (una vez olió a cebolla por alguna razón). Escuchó decenas de veces la canción de ‘Traicionera’, aunque la queremos igual. Nos daba entrada a la pequeña terraza, estrecha y fresquita, donde a veces nos quedábamos hablando hasta que a Laura le entraba sueño ¿por qué será?. Además, fue la habitación que presenció la primera foto de los tres compañeros de piso, monchis incluidos, que auguraba todo lo que comeríamos en el cuatrimestre.

La de Chema acogió a todos los muebles huérfanos de la calle y probablemente presenció casi todas mis historias de fiesta, si bien porque acabábamos jugando a las cartas hasta las 4.00 AM. al principio del cuatrimestre, o porque era la primera a la que iba cuando volvía de algunos días locos. A veces, se convertía en punto de encuentro para los tres cuando Chema jugaba al lol y Laura y yo le invadíamos para hacer algo juntos. Durante algún tiempo se hizo con la TV aunque al final acabara en el salón. Con la llegada del frío, la calefacción la convirtió en Hadestown.

La mía, el Polo Norte hasta que Chema me dejó un calefactor, presenció el amigo invisible de coña del 4B, gracias al cual mis paredes estaban empapeladas con LinManuel Miranda. Por supuesto, un trozo de pared guardaba todos los recuerdos del cuatrimestre: tickets, fotos, pegatinas, entradas… No siempre estaba ordenada, pero era acogedora. La custodiaba un león de Columbia (Tom/Tommy) que guardaba el secreto de la pared de ladrillos, donde los futuros inquilinos podrán encontrar algunas notas entre ellos. Por alguna razón, casi siempre que Chema o Laura abrían la puerta me encontraban en una esquina de la cama sentada mirando el móvil justo al lado de la puerta, como si esperara saltar y empezar a hacer cosas.

Puede ser que inconscientemente siempre quisiera hacer algo. Ir al pub 1020 a ver el ambiente Columbia o todos los eventos gratis de la universidad, cenar en el Noodle’s Village de Chinatown + cheese cake de Little Italy, pillar unas pizzas del Domino’s, queso gratis en el WestMarket, ir al TJ Max, hacer algo por el SoHo, visitar museos, dar un paseo por Central Park, más pizza de 1$ (mucha comida, ¿no?), ir al parque de atracciones en Coney o ir a Brooklyn. Sin embargo, al final del día, queríamos ir a casa, porque el 4B acabó convirtiéndose en eso, un hogar. Nuestro pequeño hogar de Nueva York.

Y, aunque apenas les he mencionado pero merecen el 90% del crédito de este post, un hogar no es nada sin las personas que están ahí; por eso Lauri y Chema, gracias por formar parte del 4B. No me hace falta nada para recordar todos estos momentos, para reconocer el buen equipo que hacemos, la pequeña familia neoyorkina de la que contaré historias durante toda mi vida. He aprendido, crecido, soñado, reído, y dormido más con vosotros. Y con todo esto, os veo en Madrid, a ver qué nos espera a cada uno más allá de la gran manzana.

Por las familias que se han formado este cuatrimestre,

Feliz Navidad

Cambios

Música en relatos, Opinión

Odio el conformismo. Tengo la certeza de que es una de las cosas que más temo. Nunca cambiar. No moverme. Parecer que estoy estancada en un mismo lugar, como si muriera antes de tiempo.

Por si te hace falta

Música en relatos, Opinión

No hay nada peor que el arrepentimiento. El sentimiento de que podrías haber hecho algo más, o haberlo hecho diferente, o directamente no haber hecho algo. Es como un dolor agudo acentuado en el pecho, como un constante recuerdo de que has estropeado algo que no debería estarlo y el culpable de eso, eres tú. O quizás no del todo, quizás hayas de ser objetivo y reconocer que parte de la culpa también la tuvieron las circunstancias.