El canguro que buscaba el mar

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Había una vez un canguro con una pata roja. No había ninguna razón que explicara dicho fenómeno, simplemente era así. Sin embargo, su pata influyó en que el resto de canguros le apodaran Calcetín.

Calcetín había vivido toda su infancia rodeada de familiares y amigos en las profundidades del desierto Australiano; no obstante, si bien era bastante tímida, soñaba con recorrer el desierto y ver el mar.

Llegada cierta edad, Calcetín se despidió de su familia y decidió emprender un viaje rumbo al mar.

Calcetín no tardó mucho en echar de menos a los demás canguros. Sin embargo, a Calcetín le fascinaba conocer diferentes razas y como se sentía muy sola no dudó en hablar a los animales con lo que se encontraba.

El primero de todos fue un erizo que rebuscaba algo en la tierra.

– ¿Qué buscas?

– Lombrices, creo haber encontrado una…– el erizo se sobresaltó a ver el canguro y estiró sus puas– ¿qué haces sola? ¿te has perdido?

– No, busco el mar–.

– El mar… ¿por qué?

– No estoy segura, solo quiero ver qué hay más allá del desierto–.

– Tú misma, pero el mar no existe…

– ¿Cómo que no?

– Esos son cuentos chinos que les dicen a los críos para avivar su imaginación, eres solo una ilusa que algún día se dará de bruces con la realidad, ¿sabes?–.

Calcetín se despidió del erizo llena de preguntas. ¿Y si estaba haciendo ese viaje para nada? ¿Y si debería haberse quedado en el desierto con su familia y amigos?

– Auuuuuu

Calcetín se acercó para ver de quién provenían esos gemidos y descubrió un cachorro de Dingo, que es lo más parecido a un lobo Australiano, que yacía con una pata torcida.

– ¿Qué te ha pasado?–.

– Estaba jugando con mis amigos y– el Dingo hipó de dolor– me di con una piedra y me caí y todos se han ido–.

– Si quieres yo puedo ayudarte– dijo Calcetín señalándose su bolsa– eres muy pequeño así que si tienes cuidado puedo llevarte donde necesites–.

El Dingo agradeció entre lágrimas su ayuda y extendió sus patas delanteras hacia Calcetín que con esfuerzo logró meterlo en su bolsa. El camino fue duro y Calcetín tuvo que desviarse bastante del suyo, pero finalmente divisó la manada del Dingo y lo dejó en el suelo. Un par de amigos se le acercaron riéndose.

– Eres tan débil que te ha tenido que ayudar un canguro–.

– ¡Eso no es cierto!– protestó el Dingo herido– ella quería llevarme para creerse más importante con sus amigos, ayudarme era un honor. ¡Yo le hize el favor!

Calcetín, incrédula ante sus palabras, se dio media vuelta y se fue. No entendía por qué el Dingo había mentido de aquella forma solo para quedar bien, ¿cómo puede quedar bien un animal haciendo sentir de menos a otro? Entre sus cavilaciones dio con un grupo de ratas.

– Disculpad, ¿sabéis cual es el camino hacia el mar?

– Guau, que guay, yo soy uno, ¿vas al mar?

– Nosotras también queremos, ¿verdad tres?

– Sí dos, podemos ir contigo, ¿cómo te llamas?

– Calcetín–.

– ¡Genial, vamos!–.

Calcetín estuvo feliz de haber encontrado animales iguales que ella. Podrían ser amigas y ver el mar juntas. No obstante, conforme los días pasaban las ratas empezaron a olvidar su destino y se distraían con otras cosas, como perseguir Dildos para que se fijaran en ellas, o entablar amistad con los koalas para que les regalaran cosas y parecía que utilizaban su apariencia- grande y extraña- con el fin de acercarse a los animales. Hasta que una mañana, mientras Calcetín apenas balbuceaba que tendrían que reemprender su rumbo al mar, las ratas replicaron diciendo:

– No te estreses Calcetín, ya estamos llegando, ¿verdad uno?

– Claro tres. Calcetín, si tantas ganas tienes de ir al mar, ve tú sola–.

– Total, los animales ya se han acostumbrado a ti, así que ya no sirves–.

Ante las palabras de las que parecían sus recién amigas Calcetín se dio la vuelta y brincó huyendo de ellas. Puede que se estuviera equivocando, el mar no merecería la pena y ella solo estaba perdiendo el tiempo. Debería estar con su familia y sus amigos disfrutando de su corta vida.

Llegó hasta lo que parecía una pequeña charca y acercándose al agua miró su reflejo distante.

– Hola, ¿quién eres?

Calcetín miró hacia la voz y distinguió un ornitorrinco que yacía boca arriba en el agua mirándola.

– Soy Calcetín, ¿y tú?

– Me llaman Motta, encantado, ¿qué te pasa?

– ¿Cómo sabes que me pasa algo?

– Porque soy adivino–.

– ¿En serio? ¿Y me podrías decir cómo ir al mar?

El ornitorrinco rodó hasta llegar a tierra y se sacudió las gotas de agua.

– Vaya, ¿te has creído lo del adivino? Eres un animal muy raro–.

– Tú también, nunca había visto un ornitorrinco–.

– Ya, es que estamos extinguiéndonos… así que podrías decir que soy único… pero bueno, ¿el mar? ¿por qué quieres ir al mar?

– Quiero ver qué hay más allá del desierto, conocer otras cosas–.

El ornitorrinco emitió un sonido extraño, como si estuviera pensando.

– Muy bien, te llevaré al mar, a mi también me gustan otras cosas. Podríamos ser amigos–.

Calcetín no se fio de primeras; no obstante, estaba desesperada y perdida así que aceptó.

Motta era gracioso, hablador y bastante sociable. Se paraba a conversar hasta con los escarabajos que tomaban el sol. Algunas noches, hablaban de sus vidas con su familia, sus sueños y proyectos. Sin duda Motta rompía con la mayoría de estereotipos acerca de ornitorrincos. Era solitario es verdad, y apenas decía cosas de sí mismo a los demás, pero al mismo tiempo le encantaba estar con los animales. Una vez, convenció a un marsupial de dejarles comida y otra vez resolvió un crimen de serpientes.

– Además Calcetín, tienes que tener mucho cuidado con los animales. No todos van con buenas intenciones y hay que saber parar y darse media vuelta cuando es necesario o te harán daño–.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

– Meh, soy genial– Motta rectificó riéndose– y he visto mucho mundo.

– Ojalá fuera más como tú– Motta le miró sin comprender.– más… ya sabes, más echada para adelante, no tener miedo a no y ser más atrevida y valiente…

Él se rio.

– Lo digo en serio Motta, eso es lo que te lleva a vivir la vida. Es admirable.

Los días pasaron. A veces Motta se desviaba para hacer unos recados y otras, Calcetín paraba más de la cuenta a descansar o hablar con un grupo de conejos de los que se había hecho amiga; sin embargo, volvían a reunirse para continuar su camino hacia el mar.

Finalmente, Calcetín sintió un aire cálido y distinguió a lo lejos como la tierra acababa en lo que suponía que era un acantilado. Canguro y ornitorrinco se miraron y echaron a correr– o saltar– hacia este.

Ahí estaba. El infinito mar. Calcetín se sorprendió del color del mar, de la espuma que se formaba en la cresta de las olas y del olor. Era inmenso y si achinaba sus ojos podía distinguir la curvatura del mundo. Sin poder evitarlo empezó a llorar.

– Calcetín, pero anda, no llores, ¿qué pasa? ¿no te gusta?

– ¿Cómo no me va a gustar? Esto es precioso, gracias Motta, por todo. No creo que hubiera podido abrir los ojos al mundo si no fuera por tu ayuda.

Motta abrazó a su amiga.

– Y ahora Motta, ¿qué hacemos?

Este le sonrió.

– Te diría que ahora hay que vivir. Vivir tu propia vida Calcetín, descubrir nuevos lugares, nuevos animales, hacer aquello que nos guste… tenemos que aspirar como mínimo a eso. Pero antes, creo que voy a acercarme a darme un baño, ¿te vienes?

– ¡Claro!

Calcetín y Motta se bañaron junto a los animales de la playa, rieron y jugaron. Puede ser que ambos tomaran caminos diferentes después de haber cumplido su objetivo, puede que Motta se hiciera dueño del mar y se convirtiera en un gurú de animales que acudían a la orilla para admirar la belleza de esta, y puede que Calcetín siguiera su camino y se convirtiera en guía turística. La cuestión era que ambos habían ganado una amistad que siempre estaría ahí recordándoles la inmensidad del mundo, y sus ganas de vivir al máximo y encontrarse a sí mismos.

Y, si en algún momento alguno de los dos se perdiera, tan solo tendrían que volver a aquella charca donde todo empezó.

Para Motta, de Calcetín: Gracias

Cambios

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Odio el conformismo. Tengo la certeza de que es una de las cosas que más temo. Nunca cambiar. No moverme. Parecer que estoy estancada en un mismo lugar, como si muriera antes de tiempo.