El calor de la nieve

Música en relatos, Relatos

Dio una palmada, desprendiéndose de los copos que se habían incrustado en sus guantes. Acto seguido, sopló en sus manos consiguiendo que el calor de su garganta se transformara en vaho que acariciaba sus mejillas y su nariz, completamente roja. Mientras lo hacía, no pudo aguantarse una risa de emoción.

Esmeralda, mejor conocida como Esme, Esmi o Fósforos, pues se había ganado la fama de incendiar cualquier discusión que existiera, llevaba esperando ese momento un año. Dio unos pasos y cerró los ojos, encantada por el sonido de sus botas, disfrutando del crepitar de la nieve.

– ¿Seguro que no quieres que te acerque? –preguntó Kike, su hermano mayor. Se apoyaba en la puerta de su coche, un todo terreno negro. Esmeralda se percató de que se habían acentuado dos arrugas en sus ojos marrones y se había dejado crecer el pelo caoba hasta por encima de sus hombros.

Esme negó con la cabeza, sin poder dejar de sonreír.

– Iré avisando de que llegas –añadió guiñándole un ojo antes de entrar al coche ya arrancado y seguir por el camino.

Esme se preguntó si cuando creciera un poco más se parecería tanto a su hermano. Exceptuando el pelo –ella había heredado los rizos de su abuela– eran dos gotas de agua. Apartó esos pensamientos, tan solo tenía 12 años, ya tendría tiempo de preocuparse por eso, y se alejó del camino, internándose entre los árboles. No supo enumerar las veces que había acortado al pueblo por aquel bosque de altos y frondosos abetos que ahora se vestían de blanco. Reconoció el tronco caído debido a una tormenta, saltó entre las piedras de un riachuelo que estaba medio congelado y pasó sus dedos entre la corteza de un árbol que presentaba unas iniciales: S.A.E.

Sonrió. Se volvió a emocionar.

Por supuesto, ninguna de esas aventuras que emergían en su mente en forma de copos de nieve las había realizado sola. Se agachó anudándose su bufanda amarilla y negra y juntó la nieve en una bola que coronó con otra más pequeña. Dibujó dos agujeros y una sonrisa. Cuando el muñeco de nieve estuvo completo se levantó, sintiéndose como aquella niña que creaba amigos en la nieve antes de conocer a sus verdaderos amigos de carne y hueso. S.A.E.

Se levantó y siguió andando por el bosque, sintiéndose cada vez más cálida. Un año desde que no les veía. Casi le parecía una eternidad. Tarareó un par de canciones riéndose por el humo que salía de su garganta. S.A.E.

Vislumbró el final del bosque, no le quedaba nada. Un rayo de sol le cegó unos segundos. Se cubrió los ojos con un guante mojado por la nieve y le vio. Ragoh, el pueblo escondido entre los bosques del norte de España. Las pequeñas casas se agrupaban en torno al valle de dos colinas. Bajó un poco la mirada. S.A.E.

– Seb, Al… –susurró.

En cuanto los tres pares de ojos cruzaron las miradas echaron a correr.

Había estado viviendo a cientos de kilómetros de distancia de allí. Había vivido momentos maravillosos en aquel año. Pero al final, siempre volvería a esas dos personas, sus mejores amigos, su hogar. Los tres se fundieron en un abrazo riéndose y recuperando el aire.

Esme se fijó en ellos, Al tenía las gafas redondas cubiertas de gotas pequeñas, recuerdos de los copos que escondían dos ojos verdes. Se había cortado el pelo castaño, aquel que solía dejarlo crecer hasta que su madre le llevaba de una oreja a la peluquería. Seb, por el contrario tenía el pelo rubio platino más largo. Ambos habían crecido un par de centímetros más que ella, que hasta entonces había sido la alta del grupo.

– Te echábamos de menos, Fósforos –dijo Al.

–  Yo también.

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