Vivir con mayúsculas

Música en relatos, Opinión, Relatos

Estaba bailando, riéndome, bebiendo, fumando, divirtiéndome. Era el piso de Pol, el de la moto roja. Llevaba intentando hacer una fiesta desde el principio de curso y por fin había conseguido la casa sola. ¿Sabéis? No es que yo tenga una mala vida, en fin, tengo una familia, estoy estudiando en una universidad lo que me gusta y mis amigos son increíbles. Pero llevo un tiempo agobiada. Es normal dadas las circunstancias, ¿no? Se suponía que este curso era para vivirlo al máximo, para salir hasta el amanecer y perder la cuenta de cuantos ron-colas he tomado o a cuantas personas he conocido. Día tras otro. Noche tras otra. Aunque a ver, tampoco me he privado de eso, pero sí ha sido distinto. O no… quizás no. He salido, he conocido a gente nueva, he besado a algunos chicos que me gustaban. Me lo he pasado de puta madre. A pesar de todo. Porque vivir, solo se vive una vez. Porque el primer año de universidad solo es uno. Porque todos vamos a morir tarde o temprano y no quiero gastar ni un segundo de mi vida encerrada. ¿Tú me entiendes? ¿Verdad? ¿Crees que he hecho mal? He estado solo con gente que conocía de algo, con los de mi curso ¿sabes? Quizás algunos amigos de más, pero son de fiar. Quizás ellos a su vez hayan estado con otros amigos y así sucesivamente… pero eso da igual. Incluso si lo cojo, ¿cuál es el problema? La carga vírica es menor, ¿no? Incluso si lo tengo, vivo con jóvenes. La probabilidad de que tengamos algo y de que nos afecte gravemente es ínfima. Y mientras salía del piso con Pol y le besaba para despedirme antes de subirme la mascarilla, le acaricié la cara, deseando volver a verle el lunes. Me reí algo borracha, me choqué contra la puerta y la abrí con ambas manos. Algunos amigos me acompañaban aporreando los bancos, semáforos y pivotes como si fueran tambores. Éramos una banda sonora. La banda sonora de la vida. La banda sonora que gritaba que no queríamos solo existir, queríamos Vivir con mayúsculas… Lo que jamás imaginé, es que mientras nosotros nos sentíamos más vivos que nunca, acabábamos de sentenciar a muerte a 3 personas.

El primero era Lucas. El carpintero. 3 hijos, un perro llamado Golum y una manía por llevar chocolatinas en los bolsillos de sus vaqueros. Su esposa Fátima a veces le ponía un chocolate extra que tenía dibujada una sonrisa con rotulador negro en el envoltorio. Era su manera particular de decirle te quiero, de desearle que tuviera un buen día. Aquel lunes Lucas iba a reparar la puerta del portal de la casa de Pol. Debería desinfectarla antes de empezar con el trabajo pero se tropezó y agarró el manillar de la puerta. Poco después se tomaría la primera chocolatina. Y sería demasiado tarde para él. Mientras miraba con cariño el envoltorio de Fátima y se daba cuenta de lo feliz que era con su familia, no fue consciente de que aquella sería la última vez que tendría esa sensación. Un par de días después estaría en la UCI. En dos semanas habría muerto.

La segunda fue Amalia, una señora mayor que vivía sola. Tenía problemas al andar, cojeaba y por eso, de vez en cuando paraba a descansar en el primer banco que veía. Cuando se sentó y se apoyó en el reposabrazos lo tuvo todo perdido. Sacó el móvil de su bolso y fue a WhatsApp. Repasó con sus dedos arrugados los mensajes de sus hijos, que databan de muchos días anteriores. Hacía tanto que no les veía. Ojalá estuvieran bien. Ojalá se acordaran un poquito de ella. Pero Amalia nunca tuvo tiempo de saber si sus hijos la llamarían esa semana. Murió a los 6 días.

La tercera, la última, fue Gloria. 19 años. La chica que soñaba con salvar el mundo. Que se reía a carcajadas y se emocionaba con las películas. Que lloraba por tonterías y se enfurecía con las injusticias. La que siempre tenía un plan bajo la manga, unas palabras amables, un abrazo que dar. Gloria. La más sana, la más joven, la más viva de todas. Mi hermana.

No soy nadie para dar consejos. Ni para decir qué está bien, qué está mal, qué se debe hacer. No puedo decir que mi vida sea peor a la tuya. No puedo decir cómo vivir en estos momentos. Cómo no volverse loca cuando el mundo está tan patas arribas. Con y sin coronavirus. Tengo 18 años, ni siquiera sé cómo vivir al máximo. Lo único que sé es que quiero vivir, quiero ser libre, quiero viajar, quiero conocer gente, quiero encontrarme y equivocarme y enamorarme. No quiero estropear un futuro lleno de vida por unas horas que apenas recuerde al día siguiente. No quiero que mis amigos o conocidos que hayan visto morir a familiares, que estén confinados o que hayan pasado el puto virus vean mis historias en las redes y piensen que me da igual. No quiero ser la persona a la que le de igual. No quiero que más Lucas, más Amalias más Glorias y más personas mueran de rebote, por equivocación. Quiero a mi hermana de vuelta. Quiero que esto sea una pesadilla, que se acabe el virus y que pare de morir gente. Quiero, te juro por mi vida que quiero Vivir bien con mayúsculas.

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