Liberosis II

Liberosis

Liberosis I

– ¿Hola?

Milka empujó con el hocico la pierna de ella, esperando que contestara. Pero esta contuvo la respiración y a pesar de que entreabrió los labios, ningún sonido salió por su boca. Tras varios intentos fallidos, elevó sus talones y se dispuso a alejarse de puntillas de allí.

Será mucho mejor. Quizás si me alejo encuentre una zona del muro más frágil. Sí, seguro que sí. Es lo que debo hacer. Tengo que concentrarme en el muro.

Mientras pensaba aquello la voz volvió con un sonido que ella apenas reconocía. Se estaba riendo.

– Te estoy escuchando, ¿sabes? sé que hay alguien–. Siguió diciendo la voz que empezaba a distinguirse masculina.

Ella percibía como él avanzaba a su paso y aunque una parte de sí misma decía que si seguía andando él acabaría cansándose de hablar solo al muro, su curiosidad decidió intervenir.

– Hola –. La voz de ella sonó ronca y arrugó la cara avergonzada.

– ¡Vaya! Así que te has manifestado– él parecía divertirse con aquella situación y ella hizo sus primeras observaciones. Curioso por naturaleza, seguro. Algo narcisista y con sentido del humor. Quizás si supiera quien era ella se aburriría y se iría. Así que… debería decírselo ¿no? Como si la hubiera oído él preguntó– ¿quién eres?

– Eso no importa, ¿quién eres tú?

– Vaya, vaya, eres desconfiada ¿eh?

– Puede.

– Y misteriosa, a ver, cuéntame más…

– No hay más.

– Seguro que hay más.

– Que no, que no hay nada más–. hubo una pausa y ella se preocupó de que él hubiera desaparecido– bueno, y si lo hay no lo puedo decir.

Hubo otro silencio. Ella empezó a sentirse agobiada. Por eso no le gustaba interactuar con los viajeros, siempre sentía cómo su cuerpo se convulsionaba ante sus llegadas. Eran lo nuevo, lo inexplorado y ellos lo removían todo. Pero, luego, silencio. Y ella, aunque acostumbrada a ese silencio, siempre quiso más el ruido. En el fondo, era una insatisfecha.

Estaba tan inmersa en sus cavilaciones que se sobresaltó al escuchar su voz otra vez.

– ¿No puedes o no quieres?

– Eso es irrelevante. Si no puedo, por mucho que quiera, no lo haré.

– Touchè.

– ¿Hablas francés?

– Hablo muchos idiomas.

– Que guay.

De vuelta al silencio. Ella se sintió incómoda y abochornada.

– Me tengo que ir– dijo ella– adiós.

Ella se dio la vuelta y echó a correr, seguida de Milka que meneaba la cola divertida por el encuentro. Ella llegó a escuchar alguna frase indescifrable de él, seguramente despidiéndose, siendo educado. Sin embargo, aunque ella no fue capaz de entender por qué había escapado, tendría tiempo para descubrirlo. Al fin y al cabo, coincidirían de nuevo.


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