Liberosis I

Liberosis, Relatos

Altas, gruesas e infinitas paredes se interponían en el camino.

Las reconoció de inmediato al distinguir la oscuridad.

– Creí que las había destruido kilómetros atrás… ¿tú que dices Milka?– preguntó a su fiel compañera.

El cachorro ladró en contestación y corriendo, se acercó meneando la cola hasta el muro y lo olisqueó unos segundos. A ella le costó identificarla de la pared pues Milka era negra como el azabache; sin embargo, en un silbido la perra levantó la cabeza, mostrando una franja de pelo blanco que le dividía desde la parte inferior del hocico hasta el interior del lomo y haciéndola visible.

Ella sabía lo que venía después. Tenía que hallar la manera de derrumbar la pared nuevamente si quería avanzar.

Y quería.

Conforme se acercaba al obstáculo, su respiración empezaba a acelerarse, sentía una presión en el pecho y un sudor frío que se le pegaba al cuerpo. Tragó saliva, se agachó a la altura de Milka para acariciarla y cogiendo energías acercó su mano a la superficie de la pared.

Nunca había sentido un material como ese. Liso y áspero a la vez, como si tuviera cientos de pequeñas púas invisibles que se le clavaban al contacto con su piel, insoportablemente ardiente y helado, resistente e infranqueable. Apartó la mano temblorosa y se la llevó a la boca. Sopló la palma, como si sentir su aliento aliviara el vacío que la pared había dejado. ¿Cómo era eso si quiera posible?

Lo que estaba claro era que le quedaban pocas opciones. La manera más fácil, ver si alguien escuchaba su voz y desde el otro lado, que sabía era un poco más frágil, ayudarle a quebrar esa superficie.

Ya lo había probado otras veces, y sorprendentemente lo había logrado. Algunas veces, gracias a los viajeros que se habían topado con su muro, interponiéndose en su camino.

Algunos habían logrado abrir una grieta, pero la gran mayoría tenía que irse al poco tiempo o perderían de vista su camino, y en aquel lugar, nadie debe perderse. El tiempo es crucial para todos, así que ella les sonreía hasta que dejaba de verles y entonces el ambiente de su alrededor se hacía más pesado, y se humedecía, y finalmente ella percibía el olor a mar salado.

– Pero llegaste tú– dijo a Milka, el cachorro olvidado que no se apartaba de su lado. Por algunos rumores que corren, el pelaje negro no era bien visto, y seguramente eso debió de asustar a sus anteriores compañeros así que la dejaron vagando por ahí hasta que se topó con ella.

Ambas hicieron buenas migas. Y ambas se necesitaban. Ella sabía que sin Milka, se sentiría muy sola, y eso solo lograría endurecer el muro, como si se alimentara de sus propias desdichas.

Por tanto solo quedaba una opción. Lo único que había funcionado siempre: el tiempo.

En efecto, el tiempo allí era esencial. La mayoría de los obstáculos se volvían más fáciles de superar con la llegada del verano. Pero justamente ella no tenía tiempo. O no quería tardar tanto. Las cosas se complicaban y necesitaba seguir, pero no existía forma…

Milka se tensó y ladró un par de veces al muro, como si hubiera sentido que algo se aproximaba desde el otro lado. Ella se quedó quieta y llevó un dedo índice a sus labios, haciendo que la perra se callara.

Permaneció en silencio un par de minutos y rápidamente reconoció una voz al otro lado. Observó de cerca su muro y a pesar de no desaparecer entre la oscuridad, a pesar de que era resistente e imposible de sobrepasar, distinguió una silueta cuya voz alcanzó sus oídos.

– ¿Hola?–.


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