Corre

Opinión, Relatos

Una explosión y la humareda de polvo que empezó a teñir el aire de gris ceniza consiguió acallar unos instantes a decenas de transeúntes en Puerto Banús cuyos ojos despreocupados empezaron a presentar signos de duda ante la confirmación de sus peores sospechas.

Miré a mi madre, como el acto reflejo de un crío cuando está asustado; como si hubiera dejado que mi instinto tomara el control de aquellos instantes. 

Y entonces vinieron los gritos. Gritos en diferentes lenguas, o quizás yo misma fui incapaz de reconocer palabra alguna entre tantas personas. Tuvimos tres segundos para observar a la gente que giraba la calle corriendo con rostros demacrados, un coche pitando para conseguir espacio y salir de allí y el pavor se extendió como el mismo humo que veíamos ascender al cielo.

– Vámonos. Vámonos de aquí mamá–.

No hacía falta decirlo. Un camarero del restaurante al que pretendíamos comer salió gritando que corriéramos. Y corrimos como si nos fuera la vida en ello.

 

Aquello resultó ser una falsa alarma. Un coche había explotado por aparentes causas naturales. Sin embargo, mientras todos cenábamos tranquilamente en nuestras casas y hoteles, como si aquello no hubiera ocurrido era inevitable preguntarse ¿y si..?

¿Y si hubiera sido una amenaza real? ¿y si hubieran fallecidos? ¿y si nos hubiera tocado a nosotros? Se nos olvida el haber corrido desorientados, los empujones entre unos y otros, separando familias, amigos, haciendo que sea casi imposible encontrarse, escuchar tu nombre a lo lejos mientras eres arrastrado hacia el sentido contrario, codazos y más codazos para salir pues lo único que piensas es en llegar a un sitio seguro y en que los tuyos estén bien. Se olvida los tropezones por culpa de los tacones, los pies descalzos, la adrenalina que corre por las venas y el cosquilleo en las manos.

Nuestro final acabó en un suspiro y risas nerviosas; no obstante lo olvidamos.

Olvidamos que mucha gente no corre la misma suerte. Olvidamos la cifra vertiginosa de muertes diarias a causa de guerras, hambrunas, injusticias. Y nos desentendemos de todos ellos con la vaga e invisible excusa de que no nos afecta. Porque por cuestiones de instinto o supervivencia, solo nos sentimos seguros con los nuestros y no queremos que nadie perturbe nuestras costumbres, nuestro modo de vida, ni siquiera cuando piden ayuda; al fin y al cabo ¿quién dice que de verdad la necesiten? ¿quién dice que entre ellos no se encuentren los posibles causantes de nuestro miedo? Es más fácil creer esto. Es más fácil echarles a ellos las culpas del terror generado que quejarse a aquellos que manejan de manera nefasta la situación, gente de poder que controlan y promulgan leyes que aumentan las desigualdades entre todos.

Tampoco hay que ser ilusos. No es como si pudiéramos aceptar el libre albedrío y así facilitar las posibles amenazas pero tampoco hay que restringir nuestra ayuda y dejar que se las apañen solos. No sin hacer nada, no sin apelar como mínimo a las Naciones Unidas para que controlen la situación y ayuden a todos esos países de origen desde donde el problema nace. No sin ofrecer soluciones alternativas. No sin dedicarles más tiempo del que muchos dedican a contar su fortuna.

Porque desgraciadamente, olvidamos que cualquier día, en cualquier lugar puedes ser tú el que sufra de una guerra, un atentado, una crisis, una hambruna y necesites ayuda. O no hayas podido sobrevivirla para necesitarla.

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4 comentarios en “Corre

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