El taxista que me enseñó a vivir

Relatos

Taxistas. Esas personas que pasan desapercibidas a los ojos de todos. Aquellos que viven horas y horas sentados en sus coches llevándonos a donde queramos. Testigos de ejecutivos agobiados, jóvenes ajetreados, familias peleadas, familias unidas, de personas solas, de otras ocupadas, chicos perdidos en las pantallas de sus móviles, personas que miran las calles con pensamientos en las nubes…

– Ten mucho cuidado y cuando llegues a tu residencia me avisas, ¿vale?

– Claro, te envío un mensaje cuando esté en la habitación- le di un beso en su mejilla surcada de arrugas antes de meterme en el taxi con una sonrisa.

Cerré la puerta, saludé y dije la dirección de mi residencia mecánicamente y sin pensar, acostumbrada a hacer todo eso seguido.

En cuanto el taxista arrancó me di cuenta de que me escrutaba con la mirada. No era una mirada incómoda sino más bien curiosa y dubitativa, como cuando estás buscando algo y no sabes bien el qué.

– Disculpe mi pregunta, pero ¿era ella su abuela?

– Sí, lo era- contesté.

– Cuídala mucho ¿eh? las abuelas siempre están ahí para todo, creo que nunca habrá un amor más cálido e infranqueable que el suyo. Los jóvenes no suelen ser conscientes de la suerte que tienen. Lo tenéis todo a vuestro alcance, pero al mismo tiempo pasáis por alto todas las cosas más importantes, incluso a las personas… sobre todo a las personas- rectificó- y pensarás que me estoy yendo por las ramas.

Aquel comentario hizo que estallara en una risa.

– No; de hecho, creo que tiene parte de razón.

Los ojos marrones del taxista brillaron en ese momento.

– Supongo que te esperarías al típico taxista serio y concentrado que apenas habla.

– Bueno, normalmente es así.

Esta vez, el taxista se rio. Quise hacer un esfuerzo por averiguar su edad. Probablemente apenas rozaría la cincuentena.

– Pues yo soy más bien hablador. Me gusta conversar con las personas que se sientan a mi lado, ver si les preocupa algo o darles algunos consejos, al menos cuando hay alguien dispuesto a escuchar, pero perdona, que ya le estoy dando a la lengua otra vez.

– No tiene que disculparse. A decir verdad, a mí me gusta escuchar. Es un poco raro…

– Lo raro no existe- dijo de pronto- eso nos lo hemos inventado las personas para definir aquello que no entendemos. Es fácil decir que algo es raro y lavarnos las manos antes de pasar olímpicamente de lo que fuera en vez de prestarle atención.

– Así que diría que no hay nada raro sino… cosas sin entender.

– En efecto- asintió. Transcurrieron unos minutos en silencio- y dime, ¿Qué estudias?

– Hago periodismo y comunicación digital.

El taxista resopló divertido.

– ¿En serio? Es una carrera bonita. Fui periodista antes de ser taxista… fue una buena época, llegué a ser director de una empresa de comunicación antes de que quebrara por deudas con el Estado aunque, no creas que me metí en esto de los taxis porque no tenía otra, de verdad quise hacerlo.

Casi no daba crédito a lo que oía. En tan solo unos segundos había descubierto que me encontraba con un taxista exdirector de comunicación, que además es medio filósofo.

– Eso es increíble… y es bueno hacer lo que a uno le guste. Lo del periodismo al principio les preocupaba a mis padres, por eso de las salidas profesionales- expliqué- pero siempre me han animado a hacer lo que me apasione así que aquí estoy.

El taxista sonrió.

– Hicieron muy bien. Tengo dos hijos ¿sabes? mi hija está en Noruega y mi hijo es un informático a quien las empresas se rifan. Ellos siempre se han esforzado al máximo y han hecho aquello que deseaban… en ese sentido creo que han aprendido bien de sus padres… ¿Quién iba a decirlo cuando me casé con mi esposa embarazada con diecinueve años?

– ¿Diecinueve años?

– Sí, mi suegro me quería matar- soltó entre risas envuelto en el pasado- todos nos decían que no duraríamos ni un calendario y ya ves tú, la semana que viene harán treinta años.

– Eso es precioso- dije encantada con su historia-felicidades.

Mientras me lo agradecía con una sonrisa, me percaté de que casi habíamos llegado y por primera vez quise que el trayecto fuera más largo.

– Bueno, aquí estamos- tras señalarme el coste, busqué en mi monedero el dinero y me dispuse a entregárselo cuando el taxista, que se había girado hacia mí para recogerlo, me miró fijamente a los ojos.

– Gracias por esta conversación- dijo sincero-hacía tiempo que nadie escuchaba con tanto interés y si me permites un consejo, haz aquello que realmente ames, encuentra tu verdadero camino sin importar lo que la sociedad nos ha impuesto como recomendable, duda de todo y sé tú la persona que llegue a sus propias conclusiones… si lo haces, creo que vas a tener una exitosa vida.

Grabé a fuego aquellas palabras en mi mente y a pesar de que su impacto llegó hasta mis adentros, en aquel momento lo único que fui capaz de balbucear fue:
– Gracias por todo, ha sido el taxi más entretenido de toda mi vida.

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4 comentarios en “El taxista que me enseñó a vivir

  1. Muy tuya (:
    Me ha gustado mucho, sobre todo el trasmitir la idea de que podemos lograr todo lo que nos proponemos. Además yo creo que la frase de “esa carrera no tiene casi salidas” nos resulta familiar a más de uno/a (; pero por ello no podemos hacer una bola con nuestros sueños y arrojarlos a la papelera.
    Ser taxista es emocionante si sabes como sacarle partido, al igual que todo en esta vida.

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