Ladrón

Relatos

Respiraba entrecortado. Lo había logrado. Por los pelos.

Me acomodé apoyándome a la fría barandilla mientras observaba como el hombre echaba la vista más allá del ventanal esperando encontrar a alguien al otro lado, pero el metro había sido más rápido y lo único que divisó fue la oscuridad del subterráneo.

Era rubio, tenía barba de unos días y ojos muy azules, brillantes. Estaba acalorado, asfixiado por la velocidad y los nervios. Se ajustó su abrigo negro y agarró la mochila oscura con ahínco.

Durante unos segundos, se dedicó a observar a las personas que nos apiñábamos en el vagón. Una señora mecía a su hijo en los brazos, mientras su otro niño, de aproximadamente siete años, se apoyaba en su padre sujetando el carrito; a su lado, dos estudiantes hablaban entusiasmadas por la fiesta del fin de semana; al otro, sentados, una chica joven, bien vestida, junto a un anciano acatarrado y una pareja de turistas japoneses con cámaras, dispuestos a empaparse de las imágenes de la ciudad.

Cuando sus ojos se encontraron con los míos, aparté la mirada de inmediato, avergonzada, pero él dedicó unos segundos más escrutándome, como si se sintiera amenazado.

No tardó mucho en darse cuenta de que una universitaria ataviada con un bolso y una carpeta con apuntes de Escritura apenas resultaba un grave problema. Decidió sentarse y así, controlar su respiración, aún nerviosa por los acontecimientos.

Más relajado, se colocó unos cascos de música con los que pareció calmar el tic de su pierna. Suspiró.

Me entretuve contestando mensajes en el móvil y ajustándome los auriculares, puse en aleatorio una lista de canciones que solía escuchar en los viajes , hasta que mis pensamientos se vieron interrumpidos por las toses cada vez más estridentes del anciano, quien tuvo que levantarse para inspirar más aire.

– ¿Le pasa algo?-. preguntó la chica joven.

El anciano sonrió tratando de contestar, señalándose la garganta, pero en seguida, su rostro se contrajo en una mueca. Se estaba ahogando. Ocurrió en cuestión de segundos.

-¡Un médico!-. gritó el marido del carrito.

Todo el vagón miramos a nuestro alrededor buscando alguien o algo con lo que poder ayudarlo. Miré en el vagón de al lado, pero casi nadie sabía como reaccionar. Al volver a mi vagón, con las estudiantes y la chica joven sosteniendo al anciano, me percaté del hombre rubio.

Su tic había vuelto. No separaba la vista del anciano con el ceño fruncido. Se revolvía inquieto en su asiento.

-Se está muriendo- sollozó una de los estudiantes.

El hombre rubio se levantó, olvidándose de la mochila, de su abrigo y quitándose los cascos de música le dio la vuelta al anciano, le abrazó por la cintura y presionó con fuerzas. Una, dos, cuatro veces, hasta que escupió algo: un caramelo.

El anciano tosió un par de veces más y llenó sus pulmones de oxígeno.

La voz metálica del metro anunciaba la próxima parada: Moncloa.

– Mami, ¿ese señor le ha salvado la vida?-. preguntó el niño en voz baja a su madre.

Todos en el vagón nos reímos con el comentario del niño, aliviados después de tanta tensión y alguien empezó una ronda de aplausos hacia el hombre rubio, que enrojeció al instante inclinando su cabeza.

– Muchas gracias, hijo-. susurró el anciano colocándole una mano en el hombro.

Emocionada por lo ocurrido, quería seguir en aquel vagón y poder escuchar lo que el hombre rubio le contestaba, pero las puertas se abrieron y si no quería llegar tarde, tenía que salir ya.

Sin dejar de sonreír bajé del metro. Había mucha gente en el andén. Por alguna razón, me fijé en una señora que leía un periódico abierto de par en par y leí la portada.

Entonces me acordé. El corazón me dio un vuelco. Abrí muchos los ojos. No podía ser. Ni hablar.

El presunto ladrón de bancos escapa de nuevo.

Una foto retrato robot del ladrón decoraba el titular. En ella aparecía un hombre rubio con barba de ojos azules. Era él.

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