El valle de los sueños

Relatos

Paseaba erguida y sujeta al bolso de todos los días. Un cable rojo salía desde el bolsillo de sus vaqueros hasta sus oídos. El móvil reproducía una de sus canciones favoritas. Se le podía ver susurrando la letra.

Martín la conocía bien; era su vecina de enfrente.

Cuando sus ojos se cruzaron, ella sonrió como siempre hacía, con los labios cerrados. Era una sonrisa tímida, solo un pequeño gesto. Sin embargo, Martín se preguntaba cómo era posible que pasara desapercibida.

Le hizo un gesto, invitándolo a seguirla. Martín carraspeó con inseguridad.

<<¿Se había dirigido a mí?>>

Por si las moscas, echó a correr tras sus pasos.

La primera vez que la vio fue una tarde lluviosa. Él se refugiaba junto al escaparate de una tienda de electrónica. Esperaba al autobús. Tenía enfrente un mendigo sentado con las manos en la cabeza, sucio y probablemente hambriento. A su lado, un cartón con letras temblorosas decía: ‘No hay nada más triste que dejar de ver las cosas bellas’.

También estaba ella, por supuesto. Se acercaba con pasos apresurados hacia el mendigo. Martín observó como éste levantaba la cabeza con ojos enrojecidos. Martín miró con cierto respeto a su vecina mientras depositaba unos objetos entre las manos del pobre. No tenía sentido… Era una hermosa flor blanca acompañada de un panecillo tierno.

Martín volvió a la realidad. No fue la última vez que la vio regalando flores.

Se dirigían a las afueras, en dirección al bosque. Ella se desvió del camino y se descalzó junto a una isleta de hierba.  Martín titubeó. ¿Debería seguirla? Tragó saliva, despojándose, sin saber exactamente por qué, de sus zapatillas de deporte. Anduvieron en silencio, adentrándose en el bosque hasta un claro lleno de flores, todas de diferentes colores y tamaños. Ella tomó asiento junto a una de pétalos azules. Martín se le acercó.

– Soy jardinera -le explicó con voz dulce, respondiendo la pregunta muda del muchacho.

– ¿Y has sido tú la que ha plantado todas estas flores? -. Estaba maravillado, pero lo negó con un ligero rubor.

-Yo no… Bueno, no sola… Nosotros.

Martín la miraba estupefacto.

-Cada uno planta una semilla y la riega con pequeñas muestras de esperanza. Algunos conseguimos que la semilla florezca -alzó tímidamente la mirada para observarle.

– Es una metáfora, ¿verdad? -insinuó- Te refieres a los sueños, ¿cierto?

-Solo soy una humilde jardinera –le tomó de las manos-, pero si has venido hasta aquí significa que serás el siguiente.

El fulgor sagaz en su mirada producía en Martín un sentimiento de impotencia.

-Esto es demasiado raro -dijo receloso.

-¿Por qué? Puedes tener una vida normal, un trabajo -siguió explicándole-, pero si aceptas entregarás esperanza donde parece que no la hay, y entre tus manos cogerás esa semilla y la plantarás aquí –susurró, señalando las flores-. Las verás crecer, marchitarse, pero muchas otras sobrevivirán a pesar del frío o el calor. Cuando encuentres a alguien sin retos, sin razón para vivir, le llevarás una de estas flores, que le infundirá fuerzas. Cada una está destinada a una persona.

Martín se fijó en su perturbadora belleza y apartó la vista, incómodo, mientras se dejaba embelesar con el aroma del prado. Tenía una certeza: aquello no era más que una tontería; ella solo pretendía tomarle el pelo.

Se marchó con la imagen de la chica, que se había echado a llorar mientras plantaba una nueva semilla que, Martín lo sabía, llevaba su nombre.

***

-Abuelito, ¿por qué no me cuentas el final? –una niña de ojos vivaces tomó las manos callosas de un anciano-. ¿Martín volvió al bosque? ¿Se volvieron a ver?

-Sí, querida, volvió. Una vez, años después, conoció a una mujer que se parecía a aquella chica, pero con una diferencia: ella siempre estaba triste. Entonces Martín volvió a adentrarse en el bosque y llegó al prado -hizo una pausa-. No vio a la chica, pero encontró su flor.

-¿Qué hizo con ella? -le preguntó Manu, que había permanecido callado hasta entonces.

-Se la regaló a la persona que la necesitaba -rompió a reír al verse interrumpido por sus nietos.

-Martín… Se llamaba igual que tú, abuelito -señaló la pequeña-. Pero tú eres más valiente que el chico del cuento.

Le sonrió enternecido y, sin poder evitarlo, dirigió su mirada a la estantería. Había un dibujo, el retrato de una mujer que sosteniendo una rosa de pétalos rojos.

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Publicado en el blog de Excelencia Literaria en Top Cultural

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