El hombre del silencio

Arte en relatos

Había que reconocerlo, el hombre tenía buen porte. Era alto, pero no demasiado, con dos ojos redondos, marrones y francos que enmarcaban su rostro alargado y una barba bien perfilada acompañada por un bigote definido y recién cortado.

-Disculpe, ¿le importaría concederme el siguiente baile?- la mujer tenía mejillas sonrosadas y cabello fino y rubio que andaba recogido en un moño aparatoso típico de las cortes españolas del siglo XVI. El misterioso hombre inclinó la cabeza en una respetuosa reverencia aceptando la invitación.

Las luces iluminaban la estancia impoluta. La orquesta tocaba una suave melodía que animaba el ambiente y la mayoría de invitados danzaban en círculos en perfecta sincronía, como si de una coreografía se tratase. Sin duda, la fiesta de los Livertos, familia bien conocida en la capital, no podía ser para menos. Y el motivo era digno de tal diversión: celebraban el nacimiento de su cuarto hijo.

-Y dígame caballero, ¿cómo se llama?- preguntó la joven rubia una vez terminado el baile y reteniéndolo por el brazo.

El hombre encarnó las cejas, sorprendido porque aquella joven quisiese entablar algún tipo de conversación con él.

-Me temo, señorita, que no deberíais relacionarse mucho conmigo. No soy muy interesante.

-Oh vamos, no sea modesto, ha captado la atención de la mayoría de invitadas de la fiesta y se rumorea que vive solo en la casa de los fallecidos Jilguero, matrimonio que no tuvo descendencia y que acuñaba bastantes riquezas.

El hombre hizo un amago de sonrisa irónica.

– ¿Quiere decir que soy interesante por el supuesto dinero que he heredado al ser el ahijado de los Jilguero, al ser el único superviviente de la familia? Porque desde mi punto de vista, eso es más que una maldición ¿O está insinuando algo más?

La joven se ruborizó, recriminándose lo maleducada que había sonado. Maleducada y cotilla. Aunque quizás lo segundo estuviera bien justificado.

El hombre inclinó la cabeza en cuanto una nueva canción reunió a los invitados en el baile y se excusó con pocas palabras deseándole un buen próximo compañero de charlas.

– Espere, déjeme que le presenté a un buen amigo mío pintor. Estoy segura de que lo conoce, vino de las islas griegas hace algún tiempo, se le hace llamar el Greco.

– ¿Por qué quiere presentarme a un pintor?

La joven sonrió y fue entonces cuando el hombre se percató de aquella sutil sensualidad que emanaba de su mirada y su sonrisa torcida.

– Él es excepcional pintando retratos, es como si retratara su alma-. La joven se encogió de hombros- así comprenderá qué le vemos de interesante. Por cierto, me llamo María Halaria.

El hombre frunció el ceño sin llegar a comprender tanta amabilidad.

– Es un placer, señorita Halaria, mi nombre es Tomás Jilguero.

***

– Dime querida, ¿qué ves?

La mujer, que se llamaba Jerónima de las Cuevas escrudiñó el cuadro recién acabado.

– Veo un hombre con un rostro alargado. Altivo, seguramente un caballero cristiano comprometido con Dios, la corona y el honor; fuerte y prudente. Impasible pero triste, como si hubiera ocultado una desgracia durante mucho tiempo, como si se sintiera solo y lo disfrazara con ropas de alta gama y sin embargo… luce una pequeña sonrisa disimulada bajo su perfecta barba y el brillo en su mirada indica que algo o alguien le ha devuelto la ilusión por la vida- la mujer miró al pintor intrigada- ¿he acertado?

El Greco sonrió.

– De lleno. Como siempre.

– Gracias. Por cierto, ha llegado una carta, supongo que de unos clientes tuyos.

El Greco se acercó a la mesa de madera donde las cartas se apilaban unas encima de otras e incluso antes de abrirlo supo exactamente de quién se trataba.

Querido amigo, 

Debería empezar agradeciéndole tantos cuadros que ha pintado para mi familia, sobre todo, el último que hizo por mí a pesar de que al final se lo regalara (siento que el señor no quisiera quedárselo y yo no podía llegar a mi casa con él). Es curioso que desde entonces hayan sucedido tantas cosas que pareciera haber transcurrido más tiempo de lo que a la realidad respecta.

Sé que cada vez su fama (bien merecida) se va extendiendo así que no le entretendré más. Me complace invitarle a usted y a su señora a la boda que se celebrará a finales de año en la mansión Jilguero. Pronto me llamarán la señora Jilguero, ¿se imagina? 

Un afectuoso saludo, 

Srta. Halaria

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