Historia de dos ciudades

Relatos

Era tanto el dinero, que nadie desperdiciaría su tiempo en contarlo. Antes bien, se les iluminarían los ojos rendidos ante la codicia.

Las calles no mostraban ninguna mota de polvo. Las aceras estaban bañadas en oro. Los edificios eran grandes y lujosos y los tejados reflejaban un brillo de diamantes a la luz del sol. Las carreteras eran amplias, para que pudieran circular las distintas limusinas. Las tiendas estaban rebosantes de personas. ¿Pobreza?… Allí no existía ese concepto; cada uno de los habitantes poseía todo lo que cualquier persona deseara atesorar. Por eso la llamaban La ciudad de Oro.

La familia Gold salió a pasear. Mila, la madre, bajó los ojos para observar su propio reflejo en el pavimento y compuso una media sonrisa, enlucida con el pintalabios más caro del mercado.

Cuando llegaron a su destino, Mila se ajustó el abrigo de terciopelo, dejó a los niños en el parque de atracciones junto a su marido. Tomó asiento en un restaurante mientras pedía el vino más caro de la carta. Sacó de su bolso un pequeño espejo de oro y se retocó con la barra de labios. Al guardarlo se percató de que un anciano se había sentado a su lado.

-¿Es usted la esposa del alcalde y fundador de la ciudad? –el hombre le preguntó con cautela.

-Así es –le respondió al tiempo que se fijaba en que el abrigo del anciano no llevaba marca alguna. Se deshizo de aquel pensamiento y le preguntó educadamente-. ¿Desea algo de mí?

-En realidad, sí. Quiero pedirle un préstamo a su familia.

Mila se quedó atónita durante unos segundos. ¿Un préstamo?… ¿Qué clase de hombre sería capaz de semejante atrevimiento?… ¿Es que existía algún ciudadano necesitado de dinero?

-Disculpe… -titubeó- Pero, yo… No, no le daremos un préstamo –finalizó secamente.

El anciano sonrió, dejando entrever unos blancos dientes.

-El préstamo no es para mí. Deje que le explique… Vengo de muy lejos y soy el alcalde de una ciudad pobre. Allí la gente se muere de hambre, las aceras están sucias y las tiendas cerradas. Cada día entregamos una pequeña bolsa de alimentos a cada familia, pero, desde hace un mes, el hospital ya no puede pagar los medicamentos que esta ciudad nos proporciona. Por eso, insisto, necesito un préstamo para comprar esas medicinas. Supuse que como alcaldes de La Ciudad de Oro no les importaría. Se lo devolvería cuanto antes.

Mila sacó un cheque del bolso. Le entregaría el dinero con tal de que no le volviera a molestar.

-¿Y bien? -le miró esperando a que le dijese una cifra.

-Quinientos euros, señora -le dijo con expresión agradecida.

-¿Solo quinientos?… –Mila notó una nota aguda en su voz-. Puede pedirme una cantidad mayor. Aquí rebosamos de dinero.

-Lo siento, señora, pero no necesitamos más. Discúlpeme si le molesta lo que va a oír, pero no queremos que nuestra ciudad se convierta en un lugar como este. Aquí parecéis todos muy felices, pues siempre podéis comprar lo que os vienen en gana. Y sí, somos humanos y necesitamos bienes, pero en mi ciudad no es lo material lo que nos hace felices sino el afecto. Por eso, solo quiero lo suficiente para que podamos vivir con dignidad –cogió el cheque-. Se lo devolveré, lo prometo.

El anciano se levantó de la mesa y le hizo una pequeña reverencia. Mila, sin apartar los ojos de él, se quedó ensimismada durante un buen rato.

– ¡Mamá! –le reclamó su hijo-. Dame dinero para unos juguetes –Al ver que su madre estaba seria, añadió- ¡Te quiero!

Le entregó un billete de cincuenta euros mientras susurraba:

-Quédate con el cambio.

Al verle correr hacia la tienda, lloró disimuladamente.

Dinero ciudades

Publicado en el Blog de Top Cultural de Excelencia Literaria

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